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COP30 en Belém: un cierre tenso entre avances financieros y retrocesos climáticos

Personas con vestimentas tradicionales frente al cartel oficial de la COP30 en Belém durante el cierre de la cumbre climática.
Personas con trajes tradicionales se concentraron frente al cartel oficial de la COP30 en Belém, en una cumbre marcada por reclamos indígenas y un acuerdo final que generó tensiones globales.



La cumbre climática concluyó con un acuerdo que triplica el financiamiento para adaptación, incorpora un nuevo mecanismo de transición justa y deja fuera la eliminación progresiva de los combustibles fósiles, lo que desató críticas de científicos, activistas y países vulnerables.

La COP30 bajó el telón en Belém con un documento final que genera tanto alivio como frustración. Tras jornadas de negociaciones maratónicas, se anunció un aumento histórico del financiamiento para la adaptación climática, que pasará a triplicarse respecto de los niveles actuales. Pero el entusiasmo duró lo que un suspiro: los desembolsos recién comenzarían en 2035, una fecha que muchos delegados calificaron como “demasiado tardía para un planeta que se está quemando ahora”.

El acuerdo sí consiguió un punto destacado: la creación del mecanismo de “Just Transition”, una herramienta impulsada por la ONU que busca asegurar que los países menos desarrollados puedan transformar sus matrices energéticas sin quedar atrapados en costos imposibles o depender de combustibles sucios por falta de alternativas. Este mecanismo incluirá asistencia técnica, fondos especiales y monitoreo internacional, una señal de que la transición global intenta, al menos en teoría, ser más equitativa.

Sin embargo, la mayor controversia llegó cuando se confirmó que el texto final eliminó toda referencia explícita a una reducción o eliminación progresiva de los combustibles fósiles. Las delegaciones más ambiciosas —junto a ambientalistas, científicos y organizaciones juveniles— denunciaron que este retroceso amenaza el corazón mismo del Acuerdo de París y facilita un margen político para que las grandes petroleras sigan operando sin mayores restricciones.

La decisión no fue casual: según fuentes de la negociación, varios países petroleros ejercieron una presión intensa para bloquear cualquier formulación que pudiera interpretarse como un compromiso vinculante hacia la descarbonización. La sala plenaria vivió momentos de alta tensión cuando representantes de estados insulares cuestionaron abiertamente la postura de estas potencias, advirtiendo que el acuerdo “pone la economía de unos pocos por encima de la supervivencia de millones”.

En paralelo, el texto avanza en nuevas obligaciones de transparencia climática, con estándares más estrictos para reportar emisiones y mayor escrutinio sobre los planes nacionales de mitigación. No obstante, expertos señalan que estos mecanismos pierden peso sin metas claras sobre la reducción del consumo de petróleo, gas y carbón.

La elección de Belém como sede —en el corazón de la Amazonia— volvió a convertirse en un mensaje geopolítico. Brasil intentó posicionarse como líder climático regional, aunque recibió críticas por no haber impulsado con más fuerza un acuerdo centrado en la eliminación de combustibles fósiles. Aun así, el país elogió los avances en financiamiento y transición justa, señalando que “por primera vez, la agenda climática reconoce que no se puede pedir a los países pobres que resuelvan solos una crisis que no crearon”.

Para muchos delegados, la COP30 dejó una conclusión clara: el mundo dio un paso importante en apoyo financiero, pero retrocedió en la ambición política que realmente define el rumbo climático. Los compromisos existen; la urgencia climática también. Lo que falta —y sigue faltando— es cerrar la brecha entre ambos.

Ahora, la atención se desplazará a los próximos meses, cuando los países deban presentar sus planes actualizados de acción climática. Y como dijo un negociador al final de la cumbre: “Si 2035 es la fecha prometida para el dinero, el planeta necesitará que las decisiones lleguen bastante antes”.